October 17, 2017

Escribía para provocar y llamaba a las cosas por su nombre. A veces, consideraba que su inestabilidad era herencia de sus antepasados, que eran muy diversos, pues hubo entre ellos campesinos, filósofos, obreros, escritores, genios y deficientes mentales, pequeño burgueses mediocres e incluso criminales. “Todos esos seres”, decía el escritor y dramaturgo austríaco Thomas Bernhard (1931-1989), “existen en mí y no dejan de pelearse.

A veces tengo ganas de ponerme bajo la protección de los cuidadores de gansos, a veces de ladrones o asesinos. Como hay que elegir y esa elección supone una exclusión, esa danza me lleva casi a la locura. Que al afeitarme cada mañana ante el espejo no me haya matado aún se debe única y exclusivamente a mi cobardía”.

Confesiones como esta figuran en el libro En busca de la verdad (Alianza), el cual refleja, a través de una serie de discursos, cartas de lector, entrevistas y artículos, la evolución creativa experimentada por Bernhard en su vida, desde que era un escritor prácticamente desconocido que aspiraba a ganar premios y adquirir cierta notoriedad, hasta que se convirtió en un autor celebrado quien, sin embargo, sistemáticamente, de diversas maneras y contra todo pronóstico, acabó siendo un crítico y acérrimo provocador que arremetió con extrema dureza contra el establishment intelectual y político de su país natal.

Como explica en entrevista exclusiva con MILENIO el traductor y académico de la lengua Miguel Sáenz (1932), quien ha vertido del alemán prácticamente toda la obra bernhardiana publicada en español, incluido este libro, En busca de la verdad da una imagen del escritor y dramaturgo muy íntima y personal, como muestra la pequeña carta que escribe Bernhard al final de su vida y que representa su último texto, una carta titulada “Un tranvía es una joya”, en la que pide que no se suprima el tranvía de la localidad de Gmunden y que apareció en la prensa alemana tres días después de su muerte, el 12 de enero de 1989, cuando acababa de cumplir 58 años.

“En el libro hay todo tipo de cosas: protestas, textos contra las políticas de los premios, discursos enfurecidos, entrevistas en las que acaba diseccionándose a sí mismo, pero al final este libro nos ofrece un reflejo muy auténtico de Bernhard”, dice Sánez, quien agrega que “hay incluso artículos que muestran a un Bernhard casi desconocido, como los que hace sobre crítica literaria o sobre pintura”.

El autor de novelas como Corrección, Tala, Extinción, Helada o la magnífica serie autobiográfica compuesta por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, era, en definitiva, un hombre “muy polifacético, muy enfermo y muy solo”, afirma Sáenz. “Es muy curioso ver cómo la vida amorosa de Bernhard es un problema. El gran amor de su vida es una mujer 37 años mayor que él; una figura, creo yo, materna, porque él solo quiso a esta mujer, que lo protegió y ayudó”.

Sáenz observa que aparte de esa mujer, solo su abuelo, el escritor Johannes Freumbichler, representó algo en la biografía de Bernhard, pues fue él quien le enseñó todo sobre la vida cuando era un niño. “Pero Bernhard no quería fracasar como su abuelo, y ese temor es el que le lleva a abandonar la poesía cuando se da cuenta de que por ese camino no llegará a triunfar, y ensaya la novela y al final se refugia en el teatro, que es lo que más escribió y lo que más éxito y dinero le dio, pues aún hoy en día en Austria cada vez que hay un estreno de Bernhard los teatros se llenan absolutamente”.

Ese éxito de Bernhard en su país natal es, sin embargo, una gran paradoja, pues el escritor repudió en multitud de ocasiones —en novelas, obras de teatro, artículos, entrevistas y discursos— su tierra natal, aunque no era para menos, pues su rencor fue alimentado debidamente por la intelligentsia austríaca que, por ejemplo, cuando apareció Helada en 1963, comentó en la prensa que no era nada y se burlaron de él; o como cuando se representó Partida de caza en 1973 en el Burgtheater y una delegación de escritores encabezada por el presidente del Senado de las Artes protestó ante el Ministerio de Arte y Cultura diciendo que no se debía representar a Bernhard; o cuando a los 37 años le dieron el Premio Nacional de Literatura y, tras un discurso cortante y sincero —en el que dijo, ante autoridades y público, que “somos miserables y estamos hundidos por la imaginación en una monotonía filosófico-económico-mecánica”— el entonces ministro de Arte y Cultura le llamó “perro” y abandonó la sala gritándole “cerdo”.

Fueron, como reconoce el propio Bernhard en este libro, una serie casi interminable de ofensas, una cadena “de deformaciones de los hechos totalmente conscientes” así como “totalmente humillantes” a su persona. “Tendría que escribir un libro entero solo de hechos que demuestran cómo se trata a un hombre como yo, que no hace otra cosa que escribir, y al que en el fondo se quiere reducir al silencio por todos los medios”, apunta en una carta del 16 de diciembre de 1980 en respuesta, negativa, a una invitación que le hacen a un congreso de escritores.

En el fondo se trata, como afirma Bernhard en una entrevista que concede casi al final de su vida, de un enorme malentendido, porque él no deja de admirar el mundo tal como es, “pero hasta lo más hermoso”, dice, “se vuelve espantoso en cuanto se empieza a reflexionar sobre ello”. Y esa relación de amor-odio, observa Sáenz, se ve muy bien en En busca de la verdad.

Sin embargo, hay en esa relación una marca profunda que queda definida con nitidez en este libro cuando en agosto de 1984 es demandado, por cuarta vez en su vida, por un músico viejo amigo suyo que se había sentido ofendido por la entonces nueva novela de Bernhard, Tala —demanda que provocó el secuestro judicial del libro pocos días después de su distribución en librerías—, en la que criticaba duramente la vida cultural austríaca y que podría fácilmente trasladarse a otros ámbitos en nuestro tiempo. Porque ¿es posible hacer un paralelismo entre lo escrito por Bernhard en esa obra de 1984 y lo que se puede ver, por ejemplo, en la vida cultural mexicana de los últimos 25 años? Juzgue el lector la cita:

“Ser artista quiere decir en Austria, para la mayoría, someterse al Estado, cualquiera que sea, y dejarse mantener por él durante toda la vida. La condición del artista austríaco es un camino vil y falaz de oportunismo oficial, pavimentado de becas y alfombrado de condecoraciones honoríficas, y que termina en una sepultura de honor en el cementerio central”.

Más allá de las polémicas, En busca de la verdad es, también, un excelente compendio de los motivos, temas y reflexiones sobre la escritura y el hecho literario en este autor que, como otros igual que él, no logró el Nobel que sin duda hubiera merecido:

“Lo que me induce a escribir es, sencillamente, el gusto por el juego. Se siente el placer de apostar a una carta, sabiendo que cada vez se puede ganar o perder todo. El riesgo del fracaso me parece un estimulante esencial. A eso se le une otro placer: inventar el método más apropiado para arreglárselas con palabras y frases. El material en sentido exacto lo considero completamente secundario”.

Los temas de Bernhard, comenta Sáenz, no son muchos y algunos de ellos se repiten obsesivamente: “Uno de ellos es la muerte. Otro es el de la futilidad de la búsqueda de la fama y de los premios. También aparece de forma reiterada el tema de la tierra, de una propiedad que se deshace. Y el de la decadencia”.

Respecto a la forma en que escribe sus libros, Bernhard asegura que era una cuestión de ritmo y tenía mucho qué ver con la música. “El problema está en el cómo (…) Al placer de la música se une el del pensamiento que se quiere expresar”.

Sáenz indica al respecto que la prosa de Bernhard “poco a poco se va simplificando. A partir de los años 70, desde las grandes novelas que son Corrección, La calera o Trastorno, empieza a escribir novelas más sencillas, como Hormigón o El malogrado. En cuanto a su estilo, hay que decir primero que como todo austríaco tiene muy buen oído, escribe muy bien y eso se nota. Bernhard encuentra así un estilo repetitivo muy rítmico que es la culminación del de otros escritores austríacos como Hans Lebert (1919-1993), que fue una influencia importante para él. Y mediante ese estilo, que al principio extraña al lector, lo va envolviendo y acaba produciendo cierta adicción con esa música de ideas y de palabras”.

Casi al final de En busca de la verdad, que está editado con un excelente anexo de notas con referencias completas al contexto en que fueron escritos y/o publicados en origen los textos de Bernhard, aparece la dura y triste carta que envía al diario austríaco Die Presse, en la que comunica que ha dado instrucciones a su editor Siegfried Unseld, de Suhrkamp, para que deje de enviar sus libros a Austria a partir de ese momento (9 de noviembre de 1984) y “hasta transcurridos setenta y cinco años después de mi muerte”.

Sáenz aclara que el problema se plantea en realidad con el testamento. “En el momento en que va a morir le dice a su hermano, el doctor Peter Fabjan, que le lleve a Salzburgo porque quiere hacer su testamento. Y en él establece primero que no quiere que se publique ni represente nada en Austria. Y segundo, que nada de lo que él ha dejado escrito y no se haya publicado en vida debe publicarse, cosas ambas que no se han respetado, en primer lugar porque uno olvida que al morir los contratos firmados siguen siendo válidos, y se daba la paradoja de que hay obras de teatro que sí se pueden representar y otras que no. La situación era absurda y, al final, su hermano creó un consejo asesor (entre los que está el propio Sáenz), y dijimos que no tenía sentido que un austríaco tuviera que viajar a otro país para ver una obra de Bernhard. Y decidimos que esa voluntad se cambiara, porque conociendo un poco a Bernhard, él mismo hubiera cambiado su voluntad muchas veces. Así que se han vuelto a representar en Austria sus obras y poco a poco se han ido publicando cosas que, si se aplicara estrictamente su testamento, nunca se hubieran debido publicar”.

Y esa es, al límite de la historia, la realidad que permite incluso que En busca de la verdad llegue al lector y permita conocer un poco más a fondo al gran escritor austríaco que fue Thomas Bernhard, quien afirmaba que “sólo hay una cosa segura: la muerte, esa parrilla en la que todos acabaremos asándonos” y que “sin embargo, nadie sabe exactamente en qué consiste”.

Con información de milenio.com

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