October 20, 2017

El problema que el mundo tiene con Messi es que ve un fenómeno donde hay un tipo normal. Messi es un hombre normal dentro de un mundo que busca explicaciones sobrenaturales para casi todo. El género humano en formato aficionado, le exige todos los días una prueba de inmortalidad. La gente acude a los estadios buscando milagros.

El miércoles, al terminar el partido contra el City, Messi compareció y en un arrebato de normalidad, declaró que en muy poco tiempo pasó de estar hecho un desastre a estar en su mejor momento. Lo mismo —pero en sentido contrario— está pensando Cristiano. Y así llevamos los últimos ocho años, esperando que Cristiano supere a Messi y esperando que Messi se supere a sí mismo.

Con quince años, a Messi se le exigía un pasado. Y con diecisiete, a Cristiano se le exigía un futuro. Desde entonces han sido objetivos de la historia que pretende regresarlos en el tiempo para compararlos con Pelé y Maradona, o llevarlos al futuro para presentarlos como el mejor de todos los tiempos. Los tiempos, antes y ahora, son el equipo más duro al que se hayan enfrentado. La paciencia de estos jugadores no tiene límite. Frente al agobio comparativo, casi una calumnia contra sus trayectorias, han sabido transitar por los campos más avinagrados del mundo, saliendo triunfadores en casi todos.

No es común que Messi se detenga en zona mixta. Gane o pierda, marque o falle, sale por la puerta trasera del estadio. La jefatura de prensa del Barça activa el operativo escapatoria. A veces escoltado por sus compañeros, casi siempre Mascherano y otras, por los guardias de su equipo que avanzan por los pasillos a toda prisa llevando a Messi recién bañado, con su mochilita Adidas bajo el brazo camino al autobús. Se sienta en las filas del medio. Parece que va al colegio. Siempre pegado a la ventana, mirando pasar a la gente, ocasionalmente saluda y mientras el chofer arranca, se come un sandwich y bebe agua. Lo único que le interesa en ese momento es llegar a casa, ver dormir a su hijo, hablar con su mujer y prender la televisión.

No sé si sea consciente de lo que hace, lo que convoca y lo que es capaz de provocar. Es un tipo que habla poco y aunque alrededor suyo la prensa hace esfuerzos para definirlo, se mantiene imperturbable, en lo suyo, que es jugar y marcar goles. Una cantidad de goles asombrosa con una calidad de juego maravillosa. Sin decir nada, siempre ha sido un futbolista que mantiene la palabra. Habla poco fuera, pero dice mucho dentro. Es su mundo. Quizá el mundo más ruidoso de todos.

Su futbol es más elocuente que su voz, algo imposible de lograr en tiempos de tanto escándalo donde las palabras corren por redes sociales sin detenerse a socializar. En ese sentido es el más antiguo de los futbolistas modernos. Prefiere una milanesa napolitana en el desayunador de su casa, que llegar en Lamborghini a cenar al Rivoli. No adquiere protagonismos más allá de la línea de meta, no acepta roles sociales ni parecen importarle. Es futbolista, se siente futbolista y como tal, enfrenta la realidad de su juego. Messi no entiende de mercado. Esa es la gran desventaja de Cristiano, un jugador industrializado.

Con información de milenio.com

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