October 18, 2017

En el Mural de los Caídos aparecen las caras de los chicos tepiteños que han sido asesinados. Ahí están, pintados en blanco y negro y arrodillados ante Jesús, “el Edu, el Choche, el Azael”, señalaMónica del Carmen, la actriz que guía la primera parte del Safari en Tepito. Así comienza la expedición mezclada con micro-teatro por las calles y las casas del barrio bravo.

La siguiente parada es el cuarto de Martín Camarillo, mejor conocido como “El power”, porque de niño era un fiel admirador de los Power Rangers. Martín tiene un sobrino de cuatro años que es como su hijo; antes le iba al América y ahora le va al Cruz Azul; y no puede caminar desde que recibió un balazo en la espina dorsal. Dice que Dios habló con él para darle una segunda oportunidad de vivir, aunque buena parte de su tiempo lo pase acostado en la cama de un cuarto de vecindad.

Ahí vivió Mónica en octubre pasado. La única indicación que recibió deDaniel Giménez Cacho, el director del proyecto de teatro de intervención social, era que Mónica y Martín no se separaran durante 15 días; igual que el resto de las siete parejas formadas por un actor o actriz profesional y su pariente adoptivo de Tepito.

Los textos teatrales que se generaron a partir de aquella convivencia intensa, y que se ponen en escena en las casas tepiteñas, son más parecidos a una charla entre dos amigos que hacen un ejercicio de quitarse la máscara frente al otro. Ante el público del Safari no están dos personajes de ficción, sino dos personas reales, con sus problemas y sus contradicciones, que en apariencia pertenecen a mundos completamente distintos.

El proyecto está basado en el concepto Wijksafari creado por la artista holandesa Adelheid Roosen, que en 2011 comenzó a organizar recorridos por el barrio musulmán Slotermeer, en Amsterdam. La idea puede llevarse a cabo en cualquier barrio estigmatizado por las diferencias sociales y culturales.

La cita para irse de Safari por Tepito se parece más a la de una película de detectives que a la cita que uno haría para ir ver una puesta en escena. Un día antes del recorrido, el guía asignado llama al espectador-aventurero para indicarle el lugar y la hora:

─Nos vemos bajo el reloj del andén de la estación de Tepito, dirección Ciudad Azteca, 4:45 de la tarde─ dice Mónica en el teléfono. Y antes de colgar, hace preguntas relacionadas con la movilidad. Quiere saber, por ejemplo, cuáles eran los juguetes favoritos para pasear cuando uno era niño.

Los cuestionamientos continúan en la misma línea cuando la actriz -que ha aparecido en películas como Año Bisiesto o Después de Lucía– llega al encuentro con su grupo de 10 personas.

─¿Qué es lo que más te gusta de moverte? ¿A dónde te gustaría que te lleven tus piernas?─, pregunta a cada integrante del Safari antes de partir.

”A conocer el mundo”, “A la luna”, “a Bonampak”. Las respuestas quedan como tatuajes, con plumón negro y letra cursiva, en los brazos de todos: listos para adentrarnos, en fila india y a buen paso, por las entrañas de Tepito.

Hay que tener cuidado con los objetos rodantes que circulan sin demasiadas reglas por esas calles con nombres de oficios: motonetas, bicis, remolques, carritos de súper transformados en puestos ambulantes y diablitos sobrecargados con los objetos que se venden en el mercado.

Es en el cuarto de Martín donde sucede la primera acción dramática. Las literas ocupan la mitad de la habitación de muros azules, con una ventana y su cortina de encaje que da hacia el patio de la vecindad. Hay una pantalla de plasma, un foco ahorrador, estampas religiosas y unas sillas diminutas acomodadas frente a la cama-escenario. Afuera suena una salsa, hace calor y apenas corre el viento.

Con la complicidad de quienes han dormido en la misma cama, Mónica y Martín se descalzan y comienzan una charla sobre las cosas más banales y las más importantes. Hablan del accidente de Martín y de cómo ha enfrentado el hecho de no poder caminar. Del aborto que Mónica decidió hacerse a los 19 años para seguir su carrera de actriz. De sus equipos favoritos de futbol y del futuro de su amistad.

El texto teatral termina con la entrada de El Bon, el sobrino pequeño de Martín, y se hace un descanso con botana de hot-cakes, cortesía de la casa. Pero la escena continúa por las calles del barrio, en una nueva fila que ahora lidera el tepiteño en su silla de ruedas. Paramos en el local de maquinitas del Güero para jugar una partida de algo acompañada de un vaso de cerveza.

Comienza a oscurecer y en el mercado se levantan los puestos y se empacan las mercancías. El tráfico de motonetas aumenta mientras la fila del Safari avanza bajo las lonas amarillas, con la consigna de no pisar los montones de basura. Nunca se sabe lo que puede haber debajo.

En las cuatro horas y media que dura el recorrido, cada grupo alcanza a ver dos micro-obras, lo que supone convivir con cuatro de los protagonistas del Safari. Pero también hay tiempo suficiente para empezar a conocer a los compañeros de aventura, y los actores-guías animan el acercamiento en el que ellos, después de esta experiencia, se han vuelto expertos.

También hay un encuentro cercano con la raza conocida como los “homo-tepitecus”: aquellos seres que -como indica otro mural- después de caminar erguidos en la línea evolutiva, se subieron a una moto.

Cada integrante del Safari elige a su motociclista para llegar hasta la Plaza de las Tres Culturas, donde transcurre parte del montaje de Raúl Villegas y Mayra Valenzuela: un actor criado en una familia de militares, y una madre tepiteña, orgullosa de su barrio y activista. Participa en casi todas las marchas y fue amiga íntima de uno de los líderes del 68.

Cuenta Mayra que su unidad habitacional fue una de las pocas que no cayeron durante el temblor del 85, gracias a que las vías del tren contuvieron la onda expansiva. Que su barrio sigue en pie porque la gente se organiza; por su fuerza, constancia, resistencia y rebeldía. Que como dice el mural que enmarca la entrada a su vecindad, “Tepito existe porque resiste”.

Con información de milenio.com

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